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jueves, 14 de noviembre de 2019
La batukada
Escrito por Paulino Aparicio Ortega   
jueves, 13 de septiembre de 2012 a las 23:59
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    En el insomnio del verano, cuando la caza y el amor y la noche, se notan en el aire, táctiles, unánimes… Algunas veces se escuchaba venir la batukada, sin distancia precisa; soplo remoto e ignorado extendiendo por el aire su llamada antigua.

    Ladridos en un delantal de espacios ciegos eran su marco; olía a geranios, quizá a madreselva. Todas las estrellas arriba no devenían más cegadoras que aquellas sílabas de ritmo y de tiempo. Era la hora de los árboles, del secano ardoroso y honrado, de la paz limpia. El jardín apretando un frescor que había que inventar cuando recién pasaron los tijeretazos de las golondrinas vencida ya la penumbra; esa hora fronteriza de sombras combatiendo lo amarillo y ardiente. Puedo recordar algún retazo de conversación en las casas, un rumor de macetas con la tierra obediente…

    La oscuridad es un lazo grande que desbarata la percepción: “el horizonte de perros” de Lorca, soltaba lucecitas en lo sumergido y oculto... entonces el tan-tan ascendía en brazos de algún viento, o se hundía; húmedo, fracturado, como al otro lado de muchos árboles o  de muchas vidas.

    Cercana a la palabra (o quizá anterior a ella) la batukada era como un pulso eterno de la noche. Llevaba la llanura insondable, el crepúsculo abandonado de púrpuras, acaso el río turbulento; la desmesurada selva, un baile ritual de pies descalzos, las guerras y el sudoroso pasar de los desfiles... Y era esa noche doméstica, cuando los tambores se frotaban a ella, como escuchar los granos de una arena que unía a todos los hombres en una continuidad cegadora.
   
    La batukada me ha traído en la noche estival de Horche, algo fuerte y cierto; cosas que reconozco sin haberlas conocido nunca. La caligrafía incesante de la humanización que señala el tan-tan de todas las infancias.
   
    Pero quería verla. Poner realidad a lo que nos conmovió de lejos puede resultar decepcionante. No lo fue en este caso. Sino que fortaleció más bien lo  imaginado, y de alguna manera lo completó. Vi un río articulado con todos sus músculos, el movimiento universal, los caminos hacia atrás y hacia adelante, la chispa eterna de los chamanes, lo que nace en cada marea, la tormenta, el jinete, el coraje previo a una batalla… pude mirar el ruido sumando de lo que se golpea. Y también la entonación baja, el contraste simbólico; las aguas de la catarata rotas en un alarido que dejan su espuma para  bendecir el paso ordenado por el torrente, ya inofensivas.

    Las demás cosas que vi no sé escribirlas.
   
    El lugar y la fecha son aleatorios, pero no quiero omitirlos porque quizá ordenan el relato. Fue en la explanada del granero, el día 7 de septiembre (víspera de las fiestas patronales de Horche) de este mismo año.        
   
    Sólo me resta una cosa; agradecer a la batukada de Horche “Ziento un bombo”, esa sensación tan poderosa. Noche en la distancia invisible. Y mirada cerca, confirmando lo anterior, y reforzándolo.
Esta prosa de homenaje es para vosotros.

PAULINO  APARICIO  ORTEGA

 

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